Hoy se cumplen treinta y un años del hecho que marcó el punto de inflexión en la instauración de la democracia en España. El golpe del 23 F es un tema más que conocido, al menos el discurso establecido, aunque quedan pendientes algunas dudas como bien comentó hace unas semanas Ignacio Escolar en su blog. No obstante, aun hay teorías sobre el golpe poco conocidas, pero que merecen ser escuchadas. Es el caso de Manuel Funes Robert. Fue abogado de Milans del Bosch tras el 23F. Para Funes Robert, el golpe había sido-y aun lo es-no solo legal, sino constitucional. Su historia-vaya por delante que no necesariamente la mía-, la que en estas líneas expongo, es fruto de varias entrevistas realizadas a Manuel Funes con el objeto de presentar dicho relato en la edición de 2011 del concurso “Tengo una historia que contar”, de CatalunyaCaixa, en el cual legó a ser finalista entre las trescientas historias presentadas. Desde hace meses he querido compartir esta historia poco sabida-aunque manejada en círculos de altos mandos militares y políticos-y no he podido hasta que se ha hecho público el fallo. Lo hago hoy, en La fecha.
¿Y SI EL 23-F FUE CONSTITUCIONAL?
Manuel Funes Robert ha hecho mucho en su vida: pero todavía hay un episodio que pocos conocen y que se enmarca en uno de los momentos más críticos de la democracia española. Treinta años después, desempolva su mente en busca de recuerdos del día clave para España; el 23-F.
23 de febrero de 1981, 18:23 horas. El Congreso de los diputados de España, con todo el gobierno de la nación-incluido el presidente-y el resto de diputados en su interior, es tomado por agentes de la Guardia Civil. Al principio el desconcierto es máximo, pero todo parece indicar que se trata de un golpe de Estado. Las caras de los presentes reflejan la gravedad del asunto: sus vidas corren peligro y la vida de la democracia, también. Tras una tensa e intensa jornada, el intento golpista fracasó y la democracia española superó su prueba más dura. Para nadie es desconocida esta historia, recordada en cada efemérides. Sin embargo, esta película contó con un protagonista, ignorado por el gran público, pero que resultó clave y que introdujo una nueva interpretación en la constitución que aún sigue rigiendo España.
Manuel Funes Robert nunca se dedicó a la política. Formado como abogado y economista, en 1981 se encontraba ocupando el cargo de Técnico comercial y Economista del Estado. Por aquel entonces trataba de refundar las teorías de Smith, Marx y Keynes para así llegar a una tesis propia que permitiese superar las siempre cíclicas crisis económicas. Varios años de investigación dieron como fruto una frase reveladora: “la financiación previa, abundante y barata es condición necesaria y en general suficiente para la abundancia y baratura de las cosas”, lo que Funes resume en: “la varita mágica existe, es una imprenta”. Inmerso en esta tarea de teorización no tenía tiempo para detenerse en el devenir político, aunque el Golpe de Estado lo apartó momentáneamente de todo ello. Se enteró por boca de una vecina de la toma del Congreso y recuerda muy bien su primera impresión: “Yo me alegré, pero mucha gente deseaba lo ocurrido porque íbamos muy mal con más de 100 muertos por parte de ETA”. La expresión sincera de su rostro y el relato sin ambages de su opinión demuestran lo convencido que está. Sin embargo, el desarrollo de los hechos no se correspondió con sus deseos. El rey pronunció su discurso de rechazo, dando de este modo el golpe de gracia al intento golpista.
El golpe había fracasado y a sus artífices les aguardaba un Consejo Supremo de Justicia Militar, que los acusaba de traición al Estado. Sin embargo, lejos de considerarlo un delito, Manuel creía que estaban cumpliendo con el deber marcado por la constitución. Revisando la Carta Magna, llegó al artículo 8, que podría justificar el golpe: “Las Fuerzas Armadas de Tierra, Mar y Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”. Este artículo venía a legitimar el 23-F y la única persona que había caído en ello era Manuel, lejos de cualquier relación con el golpe, pero convencido de su licitud. Como defensor de la ley se sentía invocado a contar lo que había descubierto. Fue entonces cuando llamó a su viejo amigo Fernando de Santiago, último gobernador civil del Sáhara español y designado oficial para la defensa de Milans del Bosch. La reunión entre Manuel y Fernando de Santiago resultó ser todo un descubrimiento. La argumentación expuesta por Manuel abría la puerta para la absolución de Milans, por lo que enseguida fue requerido para redactar su defensa. “Escríbeme toda la defensa. ¡Me vas a escribir hasta con la venia, HASTA LA VENIA!” recuerda Manuel, henchido de orgullo, las palabras del defensor oficial de Milans.
La oratoria de Manuel-propia de abogados-, en donde se funde narración y mirada atrayentes, consigue transportarme al escenario donde se desarrolla el hecho más importante de toda la historia, el encuentro entre Manuel Funes y Milans del Bosch. Fue en uno de los tres cuarteles situados en la carretera de Madrid a Burgos. Una única reunión-Manuel no lo volvió a ver-, larga y tensa, pues todo estaba en juego. Después de dos horas de conversación, Milans le confesó las intenciones del golpe, acabar con el terrorismo, y también que no sabía la importancia del artículo 8; “no se atrevió a decirme que no lo conocía”, reconocía entre risas Manuel. La suerte estaba de parte de Milans, un desconocido para él hasta hace unos días le ofrecía una sólida defensa que le garantizaba una pena menor.
Llegado el día del juicio los buenos augurios de la defensa se cumplirían. Después de leerse literalmente el texto redactado por Manuel y de la deliberación del Tribunal, Milans es condenado a la pena mínima estipulada, seis años de reclusión. Sin embargo, el fiscal recurrió y se inició un segundo procedimiento-en el que no participó Manuel-ante el Tribunal Supremo y se le condenó a treinta años. El proceso había acabado y Manuel había cumplido su único propósito, demostrar la legalidad del golpe de Estado apoyándose en la Constitución. La frase que más repite durante nuestra charla es demoledora: “La democracia le ha dado al ejército el poder que nunca le dio la dictadura ni la república”. Cada vez que la pronuncia, en voz baja y con tono solemne, me trasmite la sensación de que es uno de los pocos que conoce tal realidad. Y es que nadie antes había dicho que mientras la República solo obligaba a defender, la Carta Magna actual obliga a garantizar, lo que da a las Fuerzas Armadas de Tierra, Mar y Aire libertad de iniciativa e interpretación.
Justo treinta años después del golpe, Manuel Funes echa la mirada atrás. España ya no es aquella democracia en pañales; se ha hecho mayor. Sé que ese hombre sensato, que me habla desde el convencimiento, quería que el golpe de Estado triunfase, pero lo que no sabía aun es si se lamenta de su fracaso tres decenios después. Me atrevo a preguntarle y me es tajante: “Sí lo lamento, porque se hubiera acabado con ETA mucho antes”. Sigo ahondando en cuestiones delicadas y me lanzo a por la pregunta que me reconcomía desde el inicio de la conversación “¿usted quería que se volviese a la dictadura?”. Se muestra más categórico: “Tener ETA por tener democracia no me convence. Prefiero no tener democracia y no tener ETA”. Eso sí, aclara que tras el golpe solo cumplió con su deber. “Yo me he creído obligado por este artículo a defender a los autores del 23-F. Ese artículo no lo he hecho yo, ¡lo han hecho otros! Por tanto, yo soy el obligado, no el autor”, sentencia antes de dar por concluida la charla. Manuel Funes hace digno su discurso aun no siendo políticamente correcto. Habla desde el respeto a la discordancia y, sobretodo, desde la franqueza. Gracias a personas como él es posible, precisamente, la coexistencia de pareces diversos, que, paradójicamente, es la máxima sobre la que se sustentan las democracias.